9.11.2007

De Juguetes & Señales


Alborotados en esa pequeña sala. De esquina a esquina. Bajo los muebles. Entre las largas cortinas cremas. Y uno que otro escondido en shushh! algún lugar secreto. Ir a esa casa era como ir al palacio de los juguetes. Finalmente todos terminaban decorando cada una de las habitaciones. Era lo máximo. Recuerdo ver ese reloj altísimo en forma de sol. Y rogaba que las horas se detuvieran. Para inmediatamente coger ese enorme trompo rojo y simular que era una nave espacial. O hablarle al muñeco Pepe regañarlo y cambiarle el pañal.

Siempre y digo siempre. Las risas y ocurrencias eran empañadas por el llanto. En una fracción de segundos. Todo cambiaba. Ya no había historias ni risas ni nada. Me sentaba en aquel inmenso patio. Y no quería irme. Ni guardar toda aquella diversión. Aún recuerdo el costal de rafia blanco. Repleto de soldaditos muñecos y carritos. En ese tiempo mi mejor amigo vivía muy cerca de mi casa. Coincidentemente nos llevábamos - y llevamos - un año de diferencia. ¿Recuerdas? Siempre salía de la mano de mi mamá – en ese instante la más mala – con los ojos rojos. Y aún recuerdo en su voz ese “Nunca más te voy a traer”.

Con 27 años. Puedo decir que las cosas han cambiado ampliamente. Ya no hablo - tanto – solita. Reemplacé los juguetes por libros. Ya no escucho amenazas – aunque si advertencias – maternas. Y no regaño a bebes de plástico. Sin embargo me cuesta – aún – abandonar aquellos lugares donde he sido completamente feliz. Sea por eso. Que nunca lo he hecho. Imposible tomar la llave. Abrir la puerta. Cerrarla a tres golpes. Y por seguridad pasar el pistillo. Jamás.

He visto cerrarse puertas. Abrirse ventanas. Llaves tiradas en el piso. Uno que otro picaporte forzado. Todas aquellas escenas forman parte del film favorito de cada uno. Con secuencias realmente malas. Reveladoras. Gloriosas. Correctas. Equivocadas. Corregidas. Aumentadas. Añoradas. Olvidadas. O como ahora. En estos precisos instantes. Acertadas. Porque es cierto. Cuando uno menos busca más encuentra. O te encuentran.

La madrugada de hoy. Pensé que la melancolía de mis cuatro años podría instalarse. Aquí. Precisamente en mi cuarto. Acampar en mi espacio. Provocar el llanto más desaforado. E invitarme al trance del “no quiero no quiero”. Después de encontrar una historia oleada y sacramentada. Es decir. Finiquitada. Entré a mi cama. Pensando – lo juro – que el corazón me iba a estallar. No podía conciliar el sueño. Bajé a tomar agua. Ya no iba tan explosiva. Respiré muy hondo. Y prendí la radio. Escuché de principio a fin una melodía de barcos nubes y deseos. Antigua muy antigua.

Y reparé que aunque los personajes sean protagónicos o de reparto. Nunca dejarán de ser la lección aprendida. El camino necesario. La historia que debiste vivir. Para poder abrazar – tal vez – la más importante de tu vida. Y sí creo en señales. ¿Por qué habría de no? La vida nos brinda tantas. Como las tres que - en menos de seis horas - llegaron a mis oídos y manos. Una para recordar. Otra para seguir creyendo. Y la última para sonreír.

Señal Uno: Alma Gemela - Fabio Junior
Señal Dos: Aquella Nube que pasa - Gillard
Señal Tres: Domingo 16 set - San Isidro

PD. Curiosamente los dos intérpretes son portugueses.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Pasu! esa canción es de la novela Dancing Days del setenta y algo cuando ni siquiera estabas en proyecto. ¿Que haces escuchando esa musica? No me digas que eres fánatica de la hora del lonchecito! Conch!! Ahora te puedes azotar a ritmo de reagueton. Buen post! Que novedad jojojo.. ya viene Navidad!

CJ

Anónimo dijo...

Mirellita sabes creo que terminaras casada con un tio demasiada sapiencia para el promedio mortal pero tampoco te excedas recuerda que la de los excesos siempre he sido yo. Coincido con Vane ¿Como haces? Tomas Redoxon o Berocca?? LOL desde NY

Elvira

digler dijo...

ni modo, las señales suelen ser menos de lo que imaginamos, pues le achacamos al destino los errores a los que somos propensos

Giancarlo dijo...

Es verdad. Son señales que anuncian algo. Parecen venir cambios en la vida, y son normales, como es tan común ver trascender los suaves pétalos de una flor a una piel más resistencia y madura. Alégrate, Mire, hay alguien que te está mirando al otro lado de la mesa. Él, tarde o temprano, también verá la señal.