3.03.2008

Que si Que no ....

QUE NUNCA TE DECIDES




Tras unos días de meditación y relax frente al mar, Almudena se marchó. Dejó las noches cubiertas de esencia de mar y días plagados de brisa solar. En su maleta empacó algunos souvenirs. Delfines de cerámica, una graciosa gargantilla y algo de arena para recordar una promesa. Entre sus muchos trapos y cremas, también guardó – todavía – algunos cuestionamientos. Pero dejó varado en el muelle de ese precioso lugar cualquier asomo de duda.

Varias veces – muchísimas la verdad– se quedó sentada lista y presta para salir a su encuentro. Era ahí donde empezaba la partida. El inicio significaba la avalancha de una serie de afectos estrellados contra una misma pared. La perorata de siempre. La usual mirada que se refugiaba en la complicidad del suelo. Los familiares labios que emitían un solo de excusas y falacias camufladas en aseveraciones.

Atrás quedaron desgastadas canciones, palabras, historias, propósitos, promesas y un vínculo que –jamás – pensaría se podría romper. Y menos por su propia cuenta. Nunca por su propia mano. Entendió la autonomía de cada historia. Comprendió de sentimientos no correspondidos. Caviló la complejidad de los caminos sinuosos. Se involucró en insanas teorías. Y finalmente después de tanto vapuleo y estampidas, aprendió de sus errores.



Nada como el agua salada para curar las heridas. Puede ser terriblemente doloroso. Pero el remedio resulta totalmente efectivo. Ninguna duda se resiste al estallido de las olas contra las antiquísimas rocas del Sur. Almudena miró su recién estrenado reloj. Ya era hora. Buscó a Tilsa y le entregó las llaves de su habitación. “A estas alturas, ya deben estar navegando muy lejos de aquí. La bendición de este mar es que sólo devuelve lo bueno. Olvídate. Las dudas estarán bien sin ti. Créeme” Un abrazo selló esa invaluable confesión.

Caminó por el sendero empedrado, y abordó el autobús. Su asiento de número par esperaba por ella. Abrió la cortina, cerró los ojos, y un último vestigio salado se filtró por su rostro. Podía sentir la calidez del sol indagar por las ventanas. No existía duda, lo correcto estaba hecho. Porque prefería la luz antes que la penunmbra. Y adoraba la saludable libertad antes que las mil y una noches del quizás sí o del tal vez no.

4 comentarios:

Giancarlo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Giancarlo dijo...

Un relato corto: Al niño triste, con la mirada eternamente decaída, se le acabaron los pétalos del girasol. Su hermanita se puso a su lado, y quedó pensativa. Minutos después le dijo: hermano sigue a donde manda tu corazón. Él se levantó y recorrió el sendero que lo llevó a la felicidad.

Alberto Fernando Losario Rofelos dijo...

A veces el silencio es la mejor respuesta.

A veces es mejor sólo decir:

Hola.

Organza* dijo...

Cuánta razón tienes Fer! y para confirmarlo: HOLA!

Besos!!