5.19.2006

CICUTA FLAUBERTIANA


El efecto de la niña mala me llenó de cuestionamientos, de incertidumbres, de miedo y de intriga por lo que vendrá. ¿Acaso no es verdad que uno disfruta vistiéndose de seres tenebrosos y despiadados?. Resultó una revelación descubrir un personaje que entraba y salía de una historia con una facilidad casi doméstica. Incrédula devoraba cada uno de los párrafos del hallazgo flaubertiano, leyendo como el alma de Otilita se reinventaba y se acomodaba según las condiciones de sus verdugos. Existe, vaya que si los hay, aquellos devotos inconmensurables que gozan indescriptiblemente con el dolor de un adiós que deja entreabierta la posibilidad de un láudano retorno. Pero ninguno tan redentor como Ricardo. Su santidad podría irradiar todo París. Su misericordia reivindicaba toda señal de pecado. El más profano de todos. El más condenable. Aquel que obliga a creerte tus propios embustes, enredándote en un enjambre de cicuta sembrado por manos propias. Su divina idolatría respondía a ojos marrones miel de felina mirada y a un cuerpo que albergaba a todos los demonios habitados en Sodoma. Aunque faltan exactamente 87 páginas para dar por concluido con los avatares de la chilenita, nunca imagine que la inocente denominación “niña mala” pudiera encerrar tanta angustia, masoquismo, efímera felicidad y amatorios desvelos afiebrados. “¿Cuál es el secreto de esa mujercita? Me gustaría conocer a esa Matahari”. Juro por lo más sagrado que a mi no.

3 comentarios:

digler dijo...

pues quien sabe, tal vez conoces a alguien peor, es que a veces la realidad supera a la ficciòn

viollacea dijo...

A veces hasta el ser más tenebroso y despiado como dices, puede cautivar.

Mar dijo...

el lobo viste de cordero mi niña.. ya con eso te das cuenta.